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19 sep 2019
RAYANOS

TURISMO CULTURAL

La autenticidad del Castillo de Luna: un paseo por la Alburquerque medieval

La villa atesora una de las fortalezas más importantes y mejor conservadas de la Península Ibérica

Por Esmeralda Torres

11 abril 2019

Alburquerque es sin duda uno de los territorios más carismáticos de la Raya, e incluso de la Península Ibérica. Situado estratégicamente a unos 25 kilómetros de la frontera se convirtió en puerta de entrada a Castilla por Portugal - y el Atlántico -, y con ello en punto de mira de señores, condes y ducados. Una circunstancia que erigió un estratégico enclave militar que aún conserva su autenticidad, y que aprisiona al visitante que decide adentrarse entre sus muros y leyendas.

Históricamente España no ha vivido de cara a Portugal, por sorprendente que suene. El país vecino fue el primero en llegar hasta la India por una ruta alternativa a la de la seda, consiguiendo convertirse en primera potencia mundial entre los siglos XV y XVI. Esto hizo que regalar Alburquerque se convirtiera en la más prestigiosa ofrenda que el rey de Castilla pudiese entregar a su hombre más poderoso, pues, como resalta Eduardo Maya, técnico de Turismo de esta localidad pacense, “era el puerto seco que había en la Edad Media”. Y es que hasta que Puente Ajuda conectase los dos países sobre las aguas del Guadiana, la geografía de la frontera obligaba a que todo el paso de mercancías de Portugal a Castilla ejerciese una parada en la aduana de Alburquerque. “Era una frontera política desde que en 1297 Denis I de Portugal delimitase a su gusto la frontera, la más antiguo de Europa. Quería tener controlada la ciudad más importante en ese momento, la Taifa de Badajoz, así que introdujo un pico de Portugal al sur - Olivenza - y otro al norte - Campo Maior - y junto a Elvas la tenía completamente rodeada. Fue poco tiempo antes de que la villa extremeña ya presumiese del título de ducado, “uno de los más antiguos de España después del de Medina Sidonia”. Álvaro de Luna - de quien toma su nombre la fortaleza - fue el último conde que dispuso sobre la villa que partiera de señorío; Beltrán de la Cueva, el primer duque.

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Acceso a la fortaleza presidido por el escudo de Beltrán de la Cueva. Foto: RAYANOS MAGAZINE.

La huella de sus nombres está especialmente sellada en el Castillo de Luna, una construcción cuyos orígenes se remontan al siglo XIII. “Seguramente hubiese algo antes, bien romano o árabe, pero la fortificación que hoy se conoce es totalmente cristiana”, apunta Maya mientras abre la cancilla que da acceso al mismo. De su mano cuelga un llavero repleto de pasaportes a los secretos de una de las fortalezas más importantes y mejor conservadas de la Península Ibérica, y es que la de Alburquerque es una de las pocas que se mantienen tal cual. “Muchas veces los castillos que llegan hasta nosotros son transformaciones que sufren a partir del siglo XVI con el objetivo de transformarlos en palacios o residencias. Son castillos muy bonitos pero que han perdido toda la identidad militar”. Y, por suerte, ese no es el caso del alburquerqueño.

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Lateral del Patio de Armas, en el interior del Castillo de Luna. Foto: RAYANOS MAGAZINE.
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Vistas de la Torre del Homenaje del Castillo de Luna. Foto: RAYANOS MAGAZINE.

Identidad militar intacta
La puerta principal del Castillo de Luna, que luce el escudo de Beltrán de la Cueva, conduce por el camino que adentra al corazón de la ciudadela. Lo hace por un sendero marcado en liza sobre cuarcita, una piedra especialmente dura que evitaba que las tropas asediantes cavasen túneles y galerías, y con destino al patio de armas, una de las zonas más singulares del espacio. “Es la parte más antigua y a la vez la más moderna”, subraya el de Turismo. “Justo aquí - explica señalando la muralla más al sur - había un baluarte que se utilizaba para poner la artillería, y que se vació en los años noventa para hacer 14 habitaciones dobles con calefacción y cuarto de baño, cuando el castillo se utilizó como albergue”. Se gira y apunta a la parte contraria de la plaza. “Y luego aquí está la parte reconstruida después de que los sillares antiguos no resistieran el terremoto de Lisboa”. Se trata de un espacio diáfano donde residía el contingente militar, y de carácter accesible siempre que se viviesen tiempos de paz. En su día poseía cuadras para los caballos, zonas lúdicas y una capilla, “la única románica de la provincia de Badajoz y de las pocas joyas de este arte que existen en Extremadura”.

Maya argumenta por qué se cree que este santuario fue una maravillosa idea de Juan Alfonso de Alburquerque. Una teoría poco descabellada. Detalla que era poco habitual contar con un templo religioso dentro de una fortaleza que defendía un reino de otro, que “el sentido fundamental no era luchar contra los árabes”. Y que en los tiempos de este caballero se conservaban las santas reliquias más antiguas de Extremadura, algunos huesos de santos que, además de bautizar como Santa María de las Reliquias (o del Castillo) a la ciudadela, propiciaron la peregrinación de devotos hasta la villa rayana. “Era inmensamente rico y culto, era como un trovador pero con muchísimo poder”, define. “Al custodiar estos vestigios intentó hacer lo que estaba tan de moda en aquella época: convertir el castillo en un lugar de peregrinación que diese mucho dinero”, añade. “Aunque al final no lo consiguió”.

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Puerta de acceso a Santa María de las Reliquias. Foto: RAYANOS MAGAZINE. 
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Bóvedas de la capilla del Castillo de Luna. Foto: RAYANOS MAGAZINE.

El amor que venció a la muerte

Impresionante. Así es como tilda el técnico esta capilla de planta basilical y tres naves. La central es más ancha que las laterales, separadas por los arcos de medio punto que caracterizan al románico y que descargan en pilares cruciformes. La bóveda del templo es de cañón, con arcos fajones, excepto la del ábside que peca de crucería. Pero si algo llama la atención son los rastros militares en el entorno religioso. Véase el escudo del propio Juan Alfonso de Alburquerque, válido de Pedro I ‘El Cruel’. Y es que el regente de la fortificación fue uno de los hombres más importantes de Castilla. “Se conoce a El Cid por ganar una batalla después de muerto, pero es que éste también lo consiguió”, asegura. “Participó en las guerras entre Pedro I ‘El Cruel’ y Enrique II de Castilla. De ahí que aquí aparezca esta frase: Yo no quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”.

Precisamente este caballero portugués es uno de los que mayores leyendas protagoniza en los intramuros de Alburquerque. “Fue uno de los primeros señores de la villa, y quien eleva las murallas del castillo”, contextualiza Maya. Era el hijo bastardo del rey luso Denis I, quien pretendía que heredase su trono. Por ello se desató una guerra contra su hermano Alfonso IV, que a pesar de perder le dio una mesurada fortaleza. “Se hizo fuerte aquí, y de ahí nace, digamos, el apellido Alburquerque”, punto de partida para que el señorío se convirtiera en ducado. Y motivo por el que la villa posea vestigios heráldicos portugueses.

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Interior de la Santa María del Castillo. Foto: RAYANOS MAGAZINE.

Cuando le preguntan a Maya por los mitos y leyendas que retiene la ermita, cambia su semblante invitando a la curiosidad a escuchar sus historias. “Posiblemente esta capilla tuviera mucho que ver con el casamiento de Inés de Castro con Pedro Cruz”, revela mientras comienza a narrar la versión lusa de los amantes de Teruel. El técnico recuerda que Inés de Castro formaba parte del Consejo de Constanza, hija de Alfonso XI y prometida del hijo de Alfonso IV, Pedro Cruz, quien se enamoró perdidamente de ella. “Padre e hijo entran en guerra porque pierden el apoyo económico y político de Castilla, mientras que Constanza se enfrenta a su propio padre e Inés es desterrada a Alburquerque”. El patriarca se hace con la victoria, consiguiendo que la desdichada tiene que hacer sus maletas y marcharse hasta Coimbra, donde es asesinada. “Don Pedro vuelve a iniciarse una nueva guerra contra su padre. Ésta vez la gana y destierra el cadáver de doña Inés de Castro para sentarla en el trono vestida de reina y hacer jurar a toda la nobleza portuguesa delante de ella”, continúa. “Y por eso estos descansos - señala en la ermita - tienen dos coronas que seguramente están evidenciando a doña Inés y a don Pedro”.

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Eduardo Maya, técnico de Turismo del Ayuntamiento de Alburquerque. Foto: RAYANOS MAGAZINE.

Eterno vigilante

Maya se adentra en el segundo patio del Castillo de Luna, señalizado con el escudo del conde que le presta su nombre. “Posee una media luna invertida, para no confundirla con la media luna árabe, el puñal y varias conchas, por ser maestro de la Orden de Santiago, el título más importante después del Rey”, analiza. Demuestra que conoce bien este territorio. Lleva recorriéndolo desde que contaba con ocho años y “el guarda me echaba del castillo porque le quitaba las propinas”, anota jocoso. Al igual que conoce al turista que llega hasta aquí, de nivel cultural alto y en familia, principalmente procedente de la región o de Portugal y con la intención de pasar un solo día, “seguido de los alemanes que vienen al alistamiento de aves, porque a partir de marzo esta es una zona espectacular para ello”. Asevera que lo que más le llama la atención al visitante son las vistas que arrojan sus miradores. “Desde aquí se ve la Sierra de São Mamede junto a Portalegre y la frontera entre Valencia de Alcántara, con su Rocamador, y la montaña de Marvão. Y hacía allá se distingue perfectamente Elvas y la Sierra de Hornachos, Alange y La Zarza, toda la depresión del Guadiana”.

Con decisión se adentra en un nuevo espacio que imita una nueva fortaleza dentro de la misma. “Es como si dentro del castillo hubiera otro castillo porque se van acometiendo reformas para adaptarlo a los nuevos sistemas defensivos”. Y llega a uno de los puntos más espectaculares de la fortificación: “es el único sistema defensivo que uniría dos torres de esta envergadura con un puente retráctil, que se retiraba y que dejaba la torre completamente aislada del resto del castillo”. Diseñada para ser el último reducto defensivo, habla de su Torre del Homenaje. Un sorprendente torreón de cinco pisos de altura al que no le falta la autenticidad que le impregnan las marcas de cantero en sus sillares, y donde podía hibernar el señor feudal hasta meses. “Era muy difícil de conquistar porque sus escalones, muy altos y estrechos, dificultaban la subida”.

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Torres del Castillo de Luna unidas por arco ojival. Foto: RAYANOS MAGAZINE.
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Detalles de la Torre del Homenaje. Foto: RAYANOS MAGAZINE.
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Vistas desde el Castillo de Luna. Foto: RAYANOS MAGAZINE.

“La torre era y es espectacular, porque si algo bueno tiene el Castillo de Luna es que lo estáis viendo. No hay derruido, así es mucho más fácil entender su historia”, afirma el de Turismo. “Solo hay varias brechas en la muralla que abrieron los franceses durante la Guerra de la Independencia para que Alburquerque se rindiera. Se rindió y no tocaron nada más; lo demás está prácticamente todo conservado”. Tanto que Alburquerque será siempre el eterno vigilante, el que custodia la Raya y su patrimonio con siglos de historia y autenticidad.

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Acceso a la Torre del Homenaje a través del puente retráctil. Foto: RAYANOS MAGAZINE.

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