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20 nov 2019
RAYANOS

GABRIEL MORENO, AUTOR

"Tenemos una identidad bastante definida como zona de frontera y como zona abandonada tradicionalmente por el poder político"

El autor valenciano publica su primera obra literaria 'Bajo el mismo sol', una relación de relatos vinculados a la Raya

Por Esmeralda Torres

08 mayo 2018

A pesar de residir en la Valencia del Mediterráneo, Gabriel Moreno no olvida que sus raíces parten de Valencia de Alcántara y de La Raya. Tras estudiar Derecho en la Universidad de Extremadura, se desplazó a Madrid para estudiar un máster y comenzar una tesis, cuyo director le emplazó en la Universitat de València. Allí compagina su doctorado en Derechos Humanos y Democracia con clases de Derecho Constitucional, y algunos -pocos- ratos libres que ha compaginado con la redacción de ‘Bajo el mismo sol’, una relación de relatos vinculados a La Raya.

Tras mucho tiempo rondándole las ganas, llegó la oportunidad. Una editorial marcaba el teléfono de Gabriel para proponerle la redacción de una obra literaria. Él no dudó y dio forma a 23 relatos, la mayoría dedicados a La Raya. Cuando le preguntan por qué, no duda. “Tenemos una identidad bastante definida como zona de frontera y como zona abandonada tradicionalmente por el poder político”, apunta. “Y eso hay que darlo a conocer porque precisamente ese abandono hace que no aparezcamos ni en los medios de comunicación ni que tengamos referencias en la vida pública”.

Así tomó forma un conjunto de relatos que verá la luz en verano y del que asoma tímidamente uno desde la imprenta, el que protagoniza Catarina Eufemia, una campesina asesinada por la GNR durante el régimen de Salazar y “uno de los símbolos de la crueldad de la dictadura”.

Mientras que Gabriel abre hueco en su apretada agenda para la presentación de esta obra, ya piensa en escribir otro título. “Literario”, puntualiza. “Cuando termine el doctorado espero poder escribir una novela, que por supuesto que tendrá vínculo con La Raya”, asevera. Mientras, queda deleitarse con estas reivindicativas líneas sobre la vida en la frontera.

El primer relato del libro se titula: CHAMAVA-SE CATARINA

Catarina Eufemia fue una campesina asesinada por la GNR durante la dictadura de Salazar, uno de los símbolos de la crueldad de la dictadura. Zeca Afonso le dedicó esta canción: 

 

La sangre brota del costado. Los ojos oscuros, como si no sintieran dolor alguno, miran al bebe? en sus brazos, manchado de sangre. La sangre que le dio vida hoy la muerte recuerda. Catarina es solo ojos. Quienes silenciosos la rodean, en sus u?ltimos estertores, no se fijan siquiera en el li?quido rojo que empieza a desprenderse por el trigo amarillo; no se fijan, tampoco, en el llanto del nin?o, que aferra sus manitas al vestido de su madre. So?lo ven esos ojos oscuros que preguntan por que? con tristeza, que no comprenden co?mo la sangre se confunde con el amarillo del Alentejo. Ficou vermelha a campina, do sangue que entao brotou….

……….

Era tiempo de siega. El verano se habi?a adelantado y el calor pareci?a ban?ar las suaves lomas amarillas de trigo, salpicadas por pequen?as encinas y alcornoques que se retorci?an sobre si? mismos, anticipando las largas cani?culas del esti?o. La aldea, con sus casas bajas y claras ribeteadas de albero, apenas se distingui?a del campo que la abrazaba si no fuera por la iglesia, tambie?n blanca, cuya pequen?a torre sobresali?a intentando asomarse a la monotoni?a. Pero el silencio abrumador, que durante siglos habi?a impregnado cada calle y ahogado el canto de los pa?jaros, era aquel di?a un extran?o visitante. Su reinado ahora se reduci?a a unos pocos descansos, los que le dejaban las voces profundas de los hombres que, por primera vez, recorri?an todas las calles, esquinas y tejados, esparcie?ndose por el los infinitos campos…bramando contra un cansancio de siglos.

Cuando, tras la siega y el duro trabajo en la tierra, los labradores regresaban a casa o a la pequen?a y no menos humilde cantina, intentaban en ocasiones con su cantar romper el silencio de los infinitos campos que los envolvi?an. Un sonido ata?vico, lusitano, surgi?a entonces de aquellas bocas quemadas por el sol, de aquellos labios rotos por el yugo del esfuerzo, que hablaban de madres, de pasados mejores, de amores perdidos. El cante alentejano pareci?a entonces encadenar a los rudos hombres de la tierra portuguesa con la plegaria de lo eterno, del eterno existir, que sobrevuela todo monasterio convertido en aldea. Y era esa plegaria, eran esas voces, las que ahora inundaban poco a poco de sonido las calles, las esquinas y los tejados, subiendo de escala y tono, extendiendo las frases en la extran?a solemnidad de toda monotoni?a interrumpida. Los hombres discuti?an, y discuti?an en la calle, a la vista de todo un pueblo expectante desde las puertas adinteladas con albero. El cante alentejano se habi?a convertido en sentencias broncas, en bravuconadas malsonantes que hablaban de salarios, de justicia, de pan y tierra. No podi?an ma?s. El mi?sero sustento que los patrones les daban no podi?a dar de comer a los hijos, no podi?a siquiera servir para que los labradores mismos comieran. Ya estaba bien, ya estaba bien de soportar que otros se llevaran el fruto del trabajo por el u?nico motivo de que alguno de sus antepasados, de espada larga y mostacho, hubiera dado un
mandoblazo a algu?n moro en tiempos del Rey Alfonso Enri?quez. Ellos eran los que labraban la tierra con sus manos, deci?an. Nosotros somos los que hacemos rico al patro?n que no trabaja. Pero entonces, la palabra temida, las letras amenazantes, surgi?an de alguna boca morena y ti?mida: GNR. Los labradores se callaban, se callaron: el silencio secular volvio? a recorrer las calles exigiendo un respeto recie?n quebrado. Instintivamente, y desde las puertas y zaguanes, las mujeres envolvieron con sus duras manos las caras de los nin?os.

Ella, la joven morena de ojos bizantinos con su bebe? en brazos, se acerco? altiva a los hombres, quienes fruncieron el cen?o. Si no vais vosotros, iremos nosotras, les espeto?. Y fruncieron au?n ma?s el cen?o.

Treces mujeres y ella, Catarina, con su bebe?, salieron de la aldea con paso firme hacia la hacienda del patro?n. Un aumento del jornal imploraron al capataz, sen?alando a sus pequen?os hijos, que se escondi?an tras los vestidos de las madres. El administrador cejijunto cerro? la puerta, insulta?ndolas. Pero ellas no se amedrentaron. Catarina, mirando a sus compan?eras, volvio? a llamar a la puerta. De alli? no se iri?an hasta escuchar, siquiera, alguna respuesta. Y la respuesta vino al tiempo desde la lejani?a y en forma de polvo levantado que indicaba visita motorizada. La GNR se acercaba. Y se acercaron. Catarina les hablo?: so?lo queremos trabajo y pan…poder darles de comer a nuestros hijos. La joven, de la efusio?n de sus palabras humedecidas por diminutas la?grimas de angustia, provoco? que el bebe? sollozara. Trabajo y pan, pedi?a. Y una bofetada del teniente recibio? entre la?grimas. Desde el suelo, protegiendo al hijo con sus brazos y manos, Catarina lloro? y clamo?: ahora, ma?teme. Porque es lo que les quedaba a las labradoras, que las matasen las balas o el duro trabajo. Y el teniente, el que todos llamaban Carrajola, desenfundo? escupiendo tres balas que entraron en el cuerpo de la?grimas, en el cuerpo bello y joven de Catarina, para matarla. El bebe? lloraba y ella, so?lo ojos negros, miraba con extran?a atencio?n co?mo su sangre se confundi?a con el amarillo del Alentejo, en el albero de los eternos campos de mi tierra olvidada y castigada.

Ficou vermelha a campina, do sangue que entao brotou….

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