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23 oct 2020
RAYANOS

EN RUTA

De Monsanto a Moura: una conquista por la Raya más defensiva (II)

La frontera portuguesa cuenta con hasta variopintos castillos que invitan a una expedición por el derruido cordón protector que le escoltaba

Por Esmeralda Torres

09 octubre 2020

Donde hoy se tienden lazos de amistad y cooperación, durante un tiempo dispararon cañones y se lidiaron sangrientas batallas. La Raya, como cualquier frontera limítrofe, durante siglos y siglos se caracterizó por ser escenario de conflictos entre los reinos de España y Portugal. Enfrentamientos que terminaban con la conquista de un territorio y la construcción de castillos, fortalezas, ciudadelas amuralladas y espigadas atalayas que defendiesen los nuevos límites de cada dominio. Una joya patrimonial que se convierte en la mejor excusa para disfrutar de un fin de semana descubriendo las fortificaciones que custodiaba los confines de Portugal. 

Monsanto, una aldea entre penedos

Esta ruta parte en la comarca de la Beira Baixa, colindante con la Sierra de Gata extremeña. Y más concretamente en Monsanto, una villa histórica asentada en la escarpada de Cabeço de Monsanto y entre piedras graníticas, conviertiéndose esta peculiaridad en un encanto singular que pocos conocen. Esta población, habitada por unos 800 habitantes, se sitúa al noroeste de Idanha-a-Nova, a tan solo 20 kilómetros de la frontera española, anidado en la ladera de una elevación que irrumpe abruptamente en la campiña. En su punto más elevado llega a alcanzar los 758 metros, por lo que se convirtió en una plaza clave para defender los dominios del reino portugués. Es un lugar hermoso, barrido por el viento y poblado de lagartijas y flores silvestres, y arroja unas vistas que alcanzan hasta España al este y la presa Barragem da Idanha al suroeste.

El viajero deberá aparcar en la Avenida Fernando Ramos Rocha, una de las más periféricas de la localidad, y comenzar un fatigante pero merecedor ascenso. La escarpada atraviesa por impresionantes rocas graníticas que insinúan echar a rodar en cualquier momento, y algún que otro mirador. El destino es las ruinas de un viejo castillo que parece literalmente haber brotado de la ladera rocosa sobre la que se asienta. Se trata de los restos de una fortaleza datada en el siglo XII que conserva poco más que una parte de su muralla, un par de torres y aquello que en su día se nombró como la Porta da Traição. Unos vestigios a simple vista insignificantes pero cargados de historia. Y es que, según cuentan los investigadores que, tras expulsar a los musulmanes en el siglo XII, el rey Alfonso Henriques donó el lugar a la misteriosa Orden del Temple, manteniendo un carácter defensivo hasta años después de la Guerra de la Independencia, cuando explotó el polvorín custodiado por la iglesia del castillo destruyendo parte de la construcción. A finales del siglo XIX, lo que quedó de la fortificación terminó con su ‘vida guerrera’ para pasar a convertirse en uno de los monumentos nacionales de Portugal.

Entre sus ruinas podrá visitar la semiderruida Capela de São Miguel, un templo románico asolado por el paso del tiempo donde aún se pueden apreciar unos cuantos sarcófagos inquietantes cavados en roca sólida fuera del portal. También la restaurada capilla de Santa Maria do Castelo.

La visita a Monsanto continuará descendiendo por calles con tanto encanto como la Rua do Botelho, un ejemplo de agosta y empinada callejuela empedrada donde en cada esquina hay una sorpresa, muchas de ellas en forma de monumento religioso. Con mapa en mano – que podrá encontrar en el Posto de Turismo (Rua Marquês da Graciosa) – descubra y fotografíe la Capela de Santo António, la Igreja de Misericordia, la Antiga Capela do Socorro, el Arco de São Sebastião y la Capela do Espiritu Santo para entender mejor la devoción católica de los portugueses. No pase por alto la Torre do Lucano o Torre do Relógo, una construcción del siglo XIV que luce orgullosa una réplica del gallo de plata, el emblema que la distingue como la aldea más portuguesa del país.

En este momento de la ruta, cualquier vecino le recomendaría hacer un último esfuerzo para retroceder en el camino y llegar hasta Petiscos e Granitos (Rua Pracinha). Es uno de los restaurantes más frecuentados por lugareños y foráneos, y es que sus platos de carne y pulpo a la brasa tienen casi tanta fama como sus penedos. Eso sí, la guinda se la lleva las vistas desde su terraza, abocada a la dehesa.

La huella hebrea de Castelo de Vide

No se entretenga mucho en comer. A unas dos horas en coche le espera la siguiente parada de este itinerario, una auténtica villa congelada en el tiempo. Es Castelo de Vide, uno de los pueblos más atractivos a la par que menos valorados de Portugal. Se ubica a unos 15 kilómetros de la frontera, sobre una bella (y verde) campiña que enamoró al mismísimo Dinis hasta el punto de construir sobre su punto más alto una fortaleza que protegiese a su pueblo.

La postal de Castelo de Vide está caracterizada por un blanco caserío. Se recomienda llevar zapato cómodo para transitar por el conjunto de empinadas, empedradas y floridas ruas que suben por su Barrio Gótico hasta la Judiaria, la joya de la localidad. Durante su recorrido podrá ver a alguna abuela haciendo ganchillo en el umbral, y a vecinos que aún charlan por las ventanas. Sorpréndase con la antigua judería, en envidiable estado de conservación, que alcanzó su apogeo en el siglo XV, cuando se convirtió en refugio de los judíos españoles expulsados por orden de la reina Isabel. Deténgase en la Sinagoga, hoy convertida en un museo que alberga una fantástica colección de piezas sobre el paso de estas comunidades por el municipio, y preste especial atención al tabernáculo de madera y el arca sagrada donde se guardan los rollos de la Torá. Una vez visitado, continúe su ascenso hasta el castillo erigido en el siglo XIII; merecerá la pena. Sus restos aún conservan una torre que alcanza los 12 metros de altura, y desde la que se contemplan vistas maravillosas sobre los tejados rojos de la localidad.

Una vez aquí es digno adentrarse en el Centro de Interpretação do Megalitismo, un museo enclavado en la fortaleza que explica los antecedentes, la historia y las características de los megalitos de la zona. Le vendrá bien para entender su próxima parada, el Mehir da Meada, localizado a unos 15 km desde el centro de la ciudad. Con siete metros de altura es el más alto de la Península Ibérica, y una muestra de la era dorada que debió suponer el Neolítico en Castelo de Vide. Y es que su término municipal está lleno de megalitos. Tranquilo, puede llegar hasta él en coche.

Antes de que caiga aún más la noche, ponga rumbo a Marvão para ensimismarse con el fabuloso estado de conservación de esta emblemática villa, distante a 30 minutos en coche. Es una instantánea congelada en el tiempo cuya realidad supera las expectativas. Enclavada a más de 800 metros de altitud, en la Serra de São Mamede y plena Reserva de la Biosfera del Tajo Internacional, conquista de inmediato por la espectacularidad de su paisaje. De día y de noche, y es que la panorámica nocturna de un cielo estrellado y pequeños núcleos de población abstrae hasta a los viajeros menos ilusos. Mañana podrá contemplar esas vistas de día, pero llegados este momento es hora de descansar. Y de hacerlo como un rey. Reserve en el Hotel Dom Manuel, donde encontrará habitaciones con suelos embaldosados, ventanas bastante grandes y vistas inmejorables.

Marvão, villa de las tres culturas

Nada más despertar le saludará la interminable muralla que rodea el municipio de Marvão. Una construcción que mandó a erigir el rey Dinis, celoso de una conquista a tan solo nueve kilómetros de la frontera. No fue lo único que modificó del trazado de esta plaza, y es que el monarca apostó por la reconstrucción de la fortaleza legada de los musulmanes que hoy deja la boca abierta a todo aquel que llega hasta él. De camino a él encontrará el Natural Bar (Travessa do Chabouco, 7), donde podrá tomar un desayuno portugués – no dude en pedir meia de leite e torradas – para superar los ascensos a la fortaleza. Una vez dentro de ella, no pierda detalle; especialmente del enorme aljibe abovedado que se conserva cerca de la entrada.

A unos 100 metros queda un museo. Y no un museo cualquiera. Si por adelantado chiva que se instala en una iglesia del siglo XIII cerrada al culto y dedicada a la recepción de turistas, la visita la tiene asegurada al 99%. Precisamente lo que le ocurre al Municipal Museum de Marvão, una elegante galería que desde 1987 muestra elementos que han formado parte de la vida local. De hecho, su colección está formada por donaciones particulares entre las que se encuentran mosquetes y bayonetas, lápidas medievales, cantería tallada del 3.000 a.C. y ropa y fragmentos de época romana. Un adelanto de lo que la localidad se guarda para la siguiente parada, la Cidade Romana de Ammaia.  En São Salvador de Aramenha, una pequeña aldea, se encuentran las primeras indicaciones que llevan a descubrir la huella grecolatina vigente en la aldea portuguesa. Un excelente museo romano que se asienta en las ruinas de lo que fue una imponente urbe en el siglo I d.C., que floreció gracias a los abundantes productos agrícolas del lugar (especialmente el vino, los cereales y el aceite). Fue excavada de manera oficial en 1994 y muestra lápidas y dinteles tallados, joyas, monedas y objetos de vidrio increíblemente bien conservados. También se pueden seguir senderos campo a través hasta el lugar donde estaban el foro y los baños públicos, además de varias e impresionantes columnas. Merece la pena.

Campo Maior, capital del café

El siguiente punto del itinerario conduce hasta Alegrete, una recóndita y extraviada localidad a unos 20 kilómetros de Marvão y a unos 12 de la frontera con La Rabaza. Un punto a su favor en los tiempos que corren, y es que sus calles suelen estar desiertas, siendo complicado cruzarse con alguien más que no sea con su escaso vecindario. La visita será escueta, pero justificada por el espectacular mirador que ofrece las ruinas de otro castillo que también jugó un papel fundamental en las guerras entre Castilla y Portugal. ¡Ah! Y por sus veces como observatorio de aves, con unas formidables vistas a la fauna autóctona del entorno.

De vuelta a la carretera, recorra unos 38 kilómetros más para llegar hasta Campo Maior, la capital del café. Nada más adentrarse entenderá por qué le llaman así, y es que entre sus límites se asienta la fábrica de Delta, la más importante zona industrial de torrefacción de cafés de la Península Ibérica. De ahí que Rui Nabeiro, su propietario, sea considerado un legítimo encomedador de la ciudad. Pero Campo Maior es más que eso, y es que cada rincón y paisaje de este enclave supura historia. Situada a poco más de diez kilómetros de Badajoz, las huellas de posibles ocupaciones romanas y moriscas conviven con casas de franjas azules y calles estrellas, típicas de la arquitectura alentejana.

Antes de descubrirlo tome asiento en la Taberna O Ministro (Avenida dos Combatentes da Grande Guerra, 2) y acredite la popularidad de su rabo de toro estofado. La sopa de tomate y el arroz con bacalao son otros de sus platos más populares, aunque si algo se lleva la palma es su variedad de postres caseros. Un extra, sus precios económicos y su terraza al aire libre.

Tras este descanso y esta carga de energía, el viajero estará listo para subir hasta el yacimiento de su castillo, donde aún se pueden contemplar dos torres, una parte del foso y otra de los antiguos cuarteles militares. Restos de una gloria que fue mandado a construir en el siglo XIV por Don Dinis como escudo defensivo ante la cercanía de Castilla, y rehabilitado en el XVII con nuevas líneas con capacidad para utilizar artillería. Aunque si algo marcó la historia de esta fortaleza fue la explosión de 1732. Durante un violento temporal, un rayo cayó sobre una de las torres provocando una fuerte explosión que terminó con la vida de cerca de un millar de vecinos, según las crónicas de la época. Son los mismos documentos los que cuentan que los restos óseos de los fallecidos que no pudieron ser enterrados por falta de espacio se emplearon como atrezzo de la sorprendente a la par que odiada Capela dos Ossos. Visitarla es una suerte: la de encontrar a la señora que guarda su llave.

El mayor baluarte del mundo

Dentro de la misma eurociudad – EuroBEC: Badajoz, Elvas y Campo Maior -  se propone visitar Elvas. A pesar de ser conocida por su gastronomía, especialmente por los residentes al otro lado de la Raya, fue por sus fortificaciones por lo que fue declarada Patrimonio de la Humanidad. Y no es para menos. Precisamente fue su cercanía con España – a unos 15 kilómetros de la frontera con Badajoz – lo que provocó que se construyera el mayor baluarte del mundo.

De ahí que no haya mejor enclave para hacer la primera parada que el Forte de Graça, la mayor (y más interesante) del mundo. Tal y como cuentan las crónicas, ni 15.000 soldados españoles pudieron derribarlas en un ataque que soportaron tan solo 100 habitantes del siglo XVII. Gran parte del mérito se le debe a esta fortificación, un baluarte localizado a tres kilómetros al norte de la ciudad. Encontrarlo es fácil debido a la curiosa estructura en zigzan de sus murallas, el más ingenioso sistema protector de su época que facilitaba la protección del reino con hasta tres líneas de defensa. La parte superior de la fortaleza tiene una claraboya central y una torre circular con dos pisos abovedados: en el primero existe una capilla en honor a Santa Maria da Graça y en la segunda, el punto más inaccesible y protegido del fuerte, la Casa del Gobernador. Según los periódicos de la época, su construcción llevó la mano de obra de seis mil hombres y un presupuesto de casi 800 millones de reales, y dio lugar a que 12.000 civiles y 15.000 militares vivieran dentro de sus murallas.

Será difícil superar la visita de Graça, pero también es recomendable llegar hasta el Castelo de Elvas, disfrutar desde allí del atardecer y comprender por qué se haya considerado el mirador de referencia de la ciudad. Situado en el punto más alto de la ciudad, la fortificación de origen islámico se remonta a los siglos XIII y XIV y fue reconstruida posteriormente para acoger, entre otros, la vivienda del alcalde y los palcos donde se celebraron numerosos acontecimientos históricos, como varios tratados de paz y algún que otro intercambio de princesas. Perdió su función militar a partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando cayó en la desidia y el abandono hasta que un grupo de lugareños amantes de la historia promovieron su restauración. Un dato curioso es que se convirtió en el primer Monumento Nacional Portugués.

Para hacer noche, ésta vez se opta por un capricho, y es que no todos los días se puede dormir en un convento rehabilitado. Diríjase hasta el Hotel Convento São João de Deus (Largo João de Deus, 1), un viejo templo religioso de propiedad y gestión española donde encontrará hermosos suelos de madera y tejidos gruesos en habitaciones con una decoración exquisita.

El mayor baluarte del mundo

La última jornada de esta ruta parte de Monsaraz, una de las localidades que mejor reflejan la esencia del Alentejo. Se encuentra a una hora aproximadamente, en los aledaños de Alqueva, el mayor embalse de Europa occidental. Y es una de las paradas más indispensables de esta ruta: a pesar de ser un pueblo pequeño, reúne varios elementos que la hacen enorme como un castillo, una plaza de toros y hasta siete iglesias.

Un paisaje rodeado de viñedos le dará la bienvenida a Monsaraz. Su sky-line, elevado sobre lo alto de un peñasco lo protagoniza un castillo orientado hacia la frontera española, distante unos 20 kilómetros. Aunque no fue esta fortaleza la que la hizo ser una plaza fortificada: esta aldea fue ocupada por lusitanos, romanos, visigodos y árabes, que con el nombre de Saris acabaron integrándola en el Reino Taifa de Badajoz. La construcción defensiva que puede contemplarse hoy es obra de los Templarios. Gerardo Sin Miedo entregó la villa a la orden tras la reconquista cristiana y Don Dinis terminó rematando la fortaleza que acompaña entre la Rua Directa, São Tiago y Castelo. Le llamará la atención su Torre del Homenaje, y no precisamente por su grandiosidad: está adosada a una pequeña plaza de toros que recuerda la tradición taurina de la localidad.

Si esta fortaleza caracteriza su sky-line, el cultivo de viñas hace lo mismo con sus aledaños. El viajero debe recordar que el Alentejo es la región con mayor producción vitivinícola de Portugal, y entre las zonas con mayor producción se perfila el entorno del Guadiana y con él, el concelho de Reguengos de Monsaraz. De hecho, si algún vino ha conseguido ganarse una reputación fuera del país (y más allá del origen Oporto) es Esporão. Esta bodega cuenta con siete siglos de tradición, y es una propiedad que alcanza el medio millar de hectáreas y las 200 variedades. Pioneros en enoturismo, ofrece al viajero la oportunidad de conocer su planta y el proceso de la vendimia culminando con una cata con maridaje típico de la región.

Para terminar de ponerse las botas habrá que poner rumbo a Mourão, a unos 17 kilómetros. Cruzará el embalse de Alqueva y disfrutará de la inmensidad del Guadiana en su versión más rayana. Quizá, nada más llegar, cuestione si realmente merece la pena llegar hasta este último castillo, en avanzado estado de abandono. La carta de Adega Velha (Rua Dr. Joaquim José de Vasconcelos Gusmão, 13) le convencerá de que sí. Y es que este es uno de los restaurantes más míticos del Bajo Alentejo: elitista y distinguido, pero a su vez, alto obligatorio para todo aquel que quiera descubrir la autenticidad de la cocina tradicional. No hay menú y sí poca variedad, pero no necesita más. Cuenta con platos principales y caseros que abarcan todos los gustos: sopa da panela o de cação se perfila entre las favoritas, aunque a la perdiz estofada y los feijão com chouriço no le faltan adepto. Para acompañar, no hay duda: vino de la casa.

Y para despedir este itinerario por la Raya más defensiva, llegue caminando hasta la fortaleza que miraba con recelo a España, a unos siete kilómetros. La historia de este castillo y su construcción es difusa, aunque se atribuye a Alfonso IV una reforma de una edificación anterior, allá por finales del siglo XIV. Según afirman los investigadores, fue restaurada años después, cuando se construyó al lado una iglesia que forma parte del conjunto. Y más tarde, en el siglo XVII, fue fortificado para defenderse de los ataques de España llegando a alterar su estructura. De ahí que se puedan diferenciar dos estructuras distintas y bastantes alejadas en el tiempo de construcción, y el más fiel ejemplo del carácter defensivo de la Raya.

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